La decisión de Josu Jon Imaz de no optar a la reelección como presidente del PNV y abandonar la vida pública es una muy mala noticia no solo para el nacionalismo vasco, sino también para Euskadi y España.

Imaz era un lujo para la política porque por su juventud y formación llevó aires nuevos a un partido centenario, entendió su tarea de forma no sectaria y supo transmitir a la sociedad mensajes claros, aunque no siempre tuvieran el viento de la opinión a favor. Defensor del fallido proceso de final dialogado de ETA, ha condenado siempre y de manera inequívoca cualquier signo de violencia. Ha sido en eso un nacionalista ejemplar que jamás ha buscado motivaciones políticas para justificar, aunque fuera solo en parte, el terrorismo.

Tampoco ha sido pródigo en especulaciones sobre la lucha contra ETA, una actitud difícil de mantener en un cargo como el suyo y en medio de las recientes batallas políticas.

La despedida de Imaz revela hasta qué punto era profunda la fisura en el seno del PNV entre quienes defendían su reelección y quienes optan por Joseba Egibar, representante de un nacionalismo tradicional, marcadamente soberanista y más en la línea de Xabier Arzalluz. Con su retirada, Imaz invita a Egibar a hacer lo propio para que las bases busquen una tercera opción que garantice la cohesión interna de un partido que está ya escaldado por la crisis que derivó a mediados de los años 80 en la dramática escisión que dio lugar a Eusko Alkartasuna.

La imposibilidad de aplicar una línea política transversal, abierta y apartada del soberanismo de confrontación defendido por Egibar y por el lendakari Ibarretxe, ha precipitado el final de la fecunda carrera política de Imaz. Él siempre fue contrario a la convocatoria de una consulta sobre el derecho de autodeterminación mientras exista la amenaza terrorista de ETA. En eso choca con el lendakari y su tozuda estrategia. Y también con los sectores que nada quieren saber de entendimientos con las formaciones constitucionalistas, PSE y PP.

Si de algo está necesitada la política en los escenarios español y vasco es de dirigentes moderados que sepan buscar territorios de encuentro y no posturas maximalistas. En ese sentido, sería de celebrar que las bases del PNV dieran con un líder que cohesionara el partido y que fuera capaz de llegar a compromisos con otras formaciones dentro y fuera del País Vasco.